Hay hechos frente a los cuales la primera reacción parece inevitable: buscar una explicación. Algo que permita ordenar lo ocurrido, encontrar una causa, establecer una responsabilidad. Cuando quienes protagonizan esos hechos son madres y las víctimas son sus propios hijos, a esa necesidad se suma otra pregunta, probablemente todavía más difícil de evitar: ¿cómo pudo una madre hacer algo así?

En Estados Unidos, dos casos ocurridos en 2022 y 2023 volvieron a poner esa pregunta en el centro de la discusión durante las últimas semanas. Los separan cientos de kilómetros, distintos procesos judiciales y muchas particularidades. Los une, sin embargo, una expresión que apareció una y otra vez en los tribunales: psicosis posparto.

El primero es el de Lindsay Clancy, una enfermera de Massachusetts y madre de tres chicos. El 24 de enero de 2023, Clancy mató a sus hijos Cora, de cinco años; Dawson, de tres, y Callan, de ocho meses, y luego intentó suicidarse arrojándose desde una ventana de su casa. Sobrevivió y quedó paralizada. Clancy no niega haber matado a sus hijos. Lo que se discute en el juicio que comenzó en julio es otra cosa: si era penalmente responsable de sus actos en ese momento. Su defensa sostiene que atravesaba una psicosis posparto y había perdido contacto con la realidad. La fiscalía argumenta, en cambio, que sabía lo que hacía y tomó decisiones conscientes. Al momento de escribir este texto, el jurado continúa deliberando después de haber comunicado al juez que no consigue alcanzar una decisión unánime.

Mientras ese juicio concentraba la atención en Massachusetts, en Nueva York se conoció la resolución de otro caso. Simone Fleming tenía 22 años cuando, en noviembre de 2022, mató a sus dos hijos, Daishawn, de tres años, y Octavius, de 11 meses, en un refugio familiar del Bronx. Cuatro años después, un juez determinó que no era penalmente responsable debido a una enfermedad mental. Evaluaciones realizadas por especialistas de ambas partes concluyeron que Fleming atravesaba un cuadro psicótico severo. La decisión no implica simplemente que haya quedado en libertad: permanece bajo custodia y debe someterse a evaluaciones psiquiátricas que determinarán los pasos siguientes.

Son casos extremos. También son casos difíciles de leer sin que intervengan el horror, el juicio moral y nuestra propia concepción de la maternidad. Pero alrededor de ellos apareció un tema del que se habla bastante menos: la salud mental perinatal.

La psicosis posparto no es lo mismo que la depresión posparto. La psicóloga Verónica Figueroa, encargada del programa de prevención y atención de las violencias en el Hospital Centro de Salud, explica que: "la depresión pueden aparecer tristeza profunda, angustia, agotamiento, culpa, desconexión emocional o incluso pensamientos de muerte. En la psicosis ocurre algo diferente y mucho más grave: se altera el contacto con la realidad".

Pueden aparecer delirios, alucinaciones, voces, ideas persecutorias, confusión y conductas desorganizadas. Una mujer puede creer que alguien quiere hacerle daño a ella o a su bebé o construir convicciones incomprensibles para quienes están a su alrededor. Y existe una diferencia fundamental entre lo que observa el entorno y lo que experimenta quien atraviesa el episodio.

“Nosotros desde afuera podemos decir ‘eso que estás pensando no es real’, pero el problema es que para ella sí lo es. Ella está viviendo en esa realidad”, explica la psicóloga.

La psicosis posparto es poco frecuente: se estima que ocurre en entre uno y tres de cada 1.000 partos. Pero su baja incidencia no reduce su gravedad. Puede evolucionar rápidamente y constituye una emergencia psiquiátrica. Existen factores que aumentan el riesgo, como antecedentes de trastorno bipolar, episodios psicóticos previos o haber atravesado anteriormente una psicosis posparto. Sin embargo, mirar únicamente los diagnósticos también puede resultar insuficiente.

El puerperio supone cambios hormonales, físicos y emocionales, una transformación de la identidad, nuevas responsabilidades y, muchas veces, una enorme privación del sueño. Precisamente el sueño puede convertirse en una señal de alarma. No se trata simplemente de una madre que duerme poco porque tiene un recién nacido, sino de alguien que prácticamente deja de dormir incluso cuando tiene la posibilidad de hacerlo. A eso pueden sumarse agitación extrema, confusión, discursos difíciles de seguir, ideas persecutorias o creencias extrañas relacionadas con el bebé.

En ese escenario aparece algo menos médico y bastante más cotidiano: quién está mirando a esa mujer.

Durante el embarazo hay controles, estudios, ecografías y consultas. Después del nacimiento, buena parte de la atención se desplaza hacia el bebé: cuánto pesa, cuánto come, cómo duerme, si aumenta de peso, si cumple con los controles. La madre, mientras tanto, muchas veces queda detrás de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo estás?

Y alrededor suyo persiste además una representación especialmente exigente de la maternidad. La idea de que una buena madre naturalmente sabe qué hacer, protege, puede con todo y debería sentirse feliz porque acaba de tener un hijo. El amor materno aparece así como una especie de mecanismo automático que se activa con el parto. Pero la maternidad también es adaptación, aprendizaje y construcción. El puerperio puede ser, además, un momento de enorme vulnerabilidad.

Las redes de contención importan justamente por eso. Alguien que permita dormir. Alguien que advierta un cambio brusco. Una pareja, una madre, una hermana, una amiga capaz de notar que esa mujer ya no habla como antes, que está confundida, que escucha algo que los demás no escuchan. Muchas veces no será un psicólogo ni un psiquiatra quien vea primero las señales. Será alguien cercano.

Esta nota no pretende justificar hechos terribles ni condenar a quienes los protagonizaron. Esas discusiones pertenecen a ámbitos judiciales y clínicos que requieren evaluaciones mucho más complejas. Los casos sirven acá para iluminar algo que suele permanecer fuera de escena hasta que ocurre una tragedia: la salud mental de las mujeres durante el embarazo y después del parto.

Comprender tampoco significa negar el daño. Tal vez permita dirigir la mirada hacia un momento anterior.

Frente a casos como estos aparece inmediatamente la pregunta “¿cómo pudo una madre hacer algo así?”. La propuesta sería elegir otras preguntas, menos inmediatas pero probablemente más útiles: ¿qué estaba pasando antes? ¿Había señales? ¿Cuáles? ¿Alguien pudo verlas? ¿Alguien supo interpretarlas? ¿Hubo posibilidad de intervenir?

La salud mental perinatal también empieza ahí: antes de que sea demasiado tarde para hacer esas preguntas.